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viernes, 7 de octubre de 2016

Para Elisa



Para Elisa


La mujer recibió la noticia de su vida: tras años de espera la requerían en un puesto de trabajo de la administración del estado para cubrir una plaza durante un periodo vacacional. Ella aceptó sin pensarlo mucho y al día siguiente firmaría el contrato feliz porque en Justicia, que era la oposición de la que hacía más de un lustro se había examinado como agente judicial, se habían acordado de ella, por fin.


El único inconveniente era que tenía que desplazarse a la capital de la provincia, pero entrando en Internet supo de una residencia en que muchos funcionarios eventuales como ella alquilaban una habitación para así solventar el capítulo de dónde establecerse mientras durase el contrato. Llamó y concertó su llegada para el día siguiente. Se trataba de un edificio neoclásico con una gran escalinata flanqueada por un enorme jardín poblado de árboles de distintas especies, aislado de la calle por una valla del mismo estilo que el edificio que las monjas que regentaban la institución abrían y cerraban de noche. Impresionante. Precioso. Y lo mejor, no muy caro y cerca del trabajo.

Firmó el contrato y se incorporó a su puesto inmediatamente.


Los días iban pasando tranquilos hasta que un nuevo compañero llegó a su oficina. Resultó que ya se conocían de años atrás, habían sido vecinos en su ciudad de origen, pero su relación había sido inexistente, sólo de hola y adiós en el ascensor. Él padecía una enfermedad psiquiátrica y formaba parte de ese tanto por ciento de personas con problemas que el estado contrata para su inserción laboral. Se saludaron y a otra cosa. Se veían a diario. El hombre preguntó a la mujer que qué hacía por las tardes al salir del trabajo. Le preguntó si querría ella salir a tomar algo con él, pero Elisa le contestó con toda la inocencia que ella prefería quedarse en casa estudiando para la oposición que había decidido preparar y en meses iba a salir. 

Resultó que Daniel, que así se llamaba el hombre, había tomado habitación en la misma residencia que Elisa, lo que llevó a preguntarle si ella querría bajar a la sala de televisión con él. Elisa estaba felizmente casada desde hacía más de treinta años y su marido lo era todo para ella. De nuevo le dijo que prefería quedarse en su cuarto estudiando, leyendo o escuchando la radio.

Durante los días siguientes él se hacía el encontradizo con ella continuamente, asunto al que ella no dio mayor importancia, ya que verse por aquel Palacio de Justicia no era tan raro, pues sus dimensiones no eran para perderse. La veía, pero no decía nada.


Cuando Elisa llevaba gran parte del contrato cumplido, unas compañeras le contaron que Daniel había estado preguntado por ella a todo el que veía diciendo que los dos regresarían juntos a la residencia en el coche que él tenía y que ambos iban a celebrar el fin de su contrato. La mujer negó diciendo que no tenía relación con ese compañero, y que no tenía intención alguna de subirse en su coche, y mucho menos celebrar nada con él.

Ella empezó a hilar cabos. Las miradas en la cafetería de personal sin decirle nada, las muchas veces que se lo encontraba por todas partes. Por primera vez sintió miedo. Lo comentó con algunas compañeras en el vestuario con las que había establecido una relación de confianza.


-Estás paranoica. Nadie te persigue. Vive la vida y disfrútala, nada te amenaza –le decían ante los temores que ella exponía.


Aquel día salió del trabajo casi de noche, pues en su departamento tenían mucho trabajo atrasado. Cuando llegó a la residencia, tenía que atravesar el enorme jardín cuajado de lugares en los que ocultarse para superar la escalinata. Cuando entró por la puerta respiró aliviada. Nada. Qué imaginación la suya. Subió hasta su cuarto. Entró.

Se metió en la ducha. Salió. Cenó algo liviano y se tumbó en la cama. Se fue calmando a medida que transcurría la noche.

Al día siguiente Daniel ya no estaba en el trabajo, lo que la colmó de paz.

Pero también aquel día era casi de noche cuando se disponía a entrar en la residencia tras la jornada laboral. Y cuando iba a hacerlo, oh sorpresa, él le salió al encuentro.


-Hola querida -dijo- te estaba esperando.
-Lo siento, Daniel, pero no veo la razón.
-Vamos a celebrar que ya he terminado mi contrato.
-No, disculpa. No te conozco más que de vista y además no alterno, estoy felizmente casada. Por favor, déjame pasar. Mucha suerte en tu vida. Adiós Daniel.

Pero el hombre tenía otros planes. La atacó. La arrastró entre los árboles y allí la golpeó hasta que ella quedó tendida inconsciente.

-Error, Elisa. Tenías que haber dicho sí, dicho sí, dicho sí -repitió mientras se balanceaba nerviosamente de adelante hacia atrás.

Al día siguiente una de las monjas la encontró y llamó a una ambulancia.

Pero Elisa no pudo superar la fuerza de una obsesión. Su futuro se desarrollaría en una camilla de hospital, en un coma que ya nunca le abandonaría. Daniel había vencido.


Nunca subestiméis la fuerza de la mente, nunca olvidéis que lo que para unos es blanco, para otros es negro. Pero sobre todo lo que nunca debemos obviar es la fuerza del amor enfermizo. 

Demasiado tarde para Elisa.



 


Para Elisa de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons


martes, 27 de septiembre de 2016

La justicia del Cares






La justicia del Cares






El hombre trastabilló. No esperaba aquel momento, su experiencia en senderismo era tan amplia, que la sola posibilidad de caerse en aquella garganta tan visitada le colmaba de una sensación de intolerable vergüenza. Pero no adelantemos acontecimientos. Iba con su mujer, ambos rondaban la cincuentena, y su matrimonio había sobrevivido al paso del tiempo a trompicones, una relación aderezada con múltiples episodios de infidelidad por parte del hombre. Ella, fiel por naturaleza, conocía cada lío de su marido, pues era inteligente y sabía leer las contradicciones en que cada día incurría su cónyuge en cuestiones como llegar a tiempo, asistir a eventos familiares que si podía evitaba sistemáticamente, y últimamente sus fines de semana en que el hombre desaparecía sin dar explicaciones para regresar el lunes, con cara de no haber roto un plato. Caradura.

Pero aquelllas vacaciones se las dedicó a su mujer, que deseaba más que nada en el mundo rehacer su vida con alguien que de verdad la mereciera, no perder el tiempo más en una situación que estaba llamada a no durar.


Habían decidido pasar los primeros días en la garganta del Cares, recorriendo aquel angosto camino que bordeaba el impresionante precipicio. Sería la última vez que compartirían vacaciones. Ella buscaría el momento adecuado para solicitarle el divorcio. Caminaron tranquilamente, sin prisa, mientras un nutrido grupo de muflones presidía una de las altas montañas, hierático, observando lo que ocurría en sus dominios, el cielo despejado, brillante el día.

Marchaban despacio, hasta que el marido, aficionado a los fósiles, vio una gran piedra cuya superficie dejaba ver el dibujo tatuado por el tiempo de un trilobites, que él poseía en su amplia colección, pero aquel tenía algo que le llamó la atención, y se encontraba en el borde mismo del precipicio, semienterrado y de un tamaño considerable, la piedra en conjunto podía pesar más de veinte kilos, así a ojo de buen cubero, lo que aumentó su ansia por ver y fotografiar aquel ejemplar que, obviamente, no podría llevarse a cuestas. Se deslizó con cuidado hacia el fósil, mientras la mujer se quedaba arriba, sentada en el suelo, observando la impresionante panorámica, no apta para personas que sufran de vértigo.

El hombre se echó un poco hacia atrás para fotografiar mejor el ejemplar, hasta que uno de sus pies trastabilló y amagó con derribarlo desfiladero abajo. Quedó agarrado por las manos a la cornisa, quedando colgado esperando la ayuda de su mujer.

-¡Ayúdame, Leire! ¡Me caigo!
La mujer se levantó sin darse excesiva prisa. Tal vez aquel fuera el momento adecuado para plantearle sus deseos. Le cogió por una mano mientras le habló de esta manera:
-Querido Diego –dijo en tono solemne-, no sé si ayudarte o dejarte caer. Qué oportunidad.
-¿Pero qué dices, Leire? ¿Dejarme caer? ¿Por qué ibas a hacer eso?
-Por lo muchos años de engaños, cuernos, retrasos, ausencias, mentiras… en este viaje iba a pedirte el divorcio, pero ahora igual no hace falta.
-¡Es verdad, he tenido alguna amiga, pero nunca he dejado de quererte! ¡Ayúdame, venga!

-¿Alguna amiga? ¿Quieres que empiece? El mismo día de la boda te tiraste a una excompañera de colegio, Rosita la Tetosa, la rubia de 2º de bachillerato. Lo hiciste en el baño de caballeros. Durante el viaje de novios te lo hiciste con una camarera en Punta Cana oculto en los servicios mientras yo permanecía sentada en la terraza del chiringuito, aunque sabiendo desde el principio lo que hacías. Eso la primera semana. Llevamos veintidós años juntos y has salido a amante diferente casi cada mes. Tengo todos los informes. Periódicamente contrato a un detective privado que me comunica tus andanzas. En ese informe durante estos años figuran los nombres de quince amantes habituales tuyas, a las que engañabas prometiendo el amor eterno que antes me prometiste a mí, y rolletes tuyos constan sesenta y dos. Yo diría que no me has sido fiel. No sé por qué razón debería ayudarte cuando lo que deseo por encima de todo es perderte de vista. Lo tengo fácil, si te piso la mano te vas al carajo.
-¡Leire, por favor! El tener tantos rollos significa que no amaba a ninguno de ellos… solo a ti.
-Claro, por eso no estuviste en la comunión de tu hija, porque me amabas mucho. Preferiste irte de fin de semana con doña Asunción Vázquez de Friera, duquesa de Cantalapiedra, un putón de alta sociedad a la cual no le importa destrozar las familias que haga falta con tal de calmar sus ardores de ninfómana, pero claro ¡ahí estaba su salvador, Diego Díaz, descendiente del Cid, que aplacaría sus ansias amatorias mientras alcanzaba algo más de poder! No trates de negarlo. Lo sé todo, tengo todos los datos. Tu hija no te lo perdonará jamás. Preferiste a tu amante de entonces a pasar el día con ella. Mientras Mariely comulgaba tú tenías a un tipo contratado por mí siguiéndote los pasos. Aquella misma noche los datos estaban en mi poder. De esto ya hace doce años y desde entonces has seguido con tus conquistas sin cortarte en absoluto. Te has tirado a cualquier cosa que lleve faldas. Das asco.
-¡Nena, me caigo! ¡Ayúdame, las manos me resbalan! ¡No me sostienen más!



La mujer no hizo nada, no podía. Ella, en realidad, estaba muerta. El hombre la había matado en una de sus discusiones matrimoniales diez años antes y aquella era su primera salida nueve años después de cumplir su pena de prisión por el asesinato, solo que aquellos momentos de Diego Díaz en extremo peligro y profundamente colocado de antidepresivos sufrió una poderosa alucinación, y acabó creyendo que su mujer le había acompañado en aquella excursión. Ella, de pie, etérea, viendo cómo su marido se escurría de la cornisa y se perdía en el vacío. Tarde para rehacer su vida.

Pero Leire era libre, por fin.

Se acabaron los engaños, los cuernos, los retrasos, las ausencias, las mentiras.

Se había acabado todo. Él, que entre rejas había fantaseado con recorrer la afamada a la par que peligrosa senda, lo primero que haría al abandonar su vida carcelaria, y sin saberlo, lo último. Las desventajas de haberse cargado a quien, de haber sucedido las cosas de otro modo, lo habría dado todo por ayudarle. 

Tanto que algunos buscan toda su vida compañía y amor al margen del que ya gozan sin merecerlo, cuando llega el final, mueren solos.

Requiescat in pace, Diego. Tú y todos los que son como tú.





La justicia del Cares de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons




jueves, 21 de julio de 2016

El peso de la culpa




 El peso de la culpa


Él gozaba de una gran capacidad para erigir una historia de la nada, aunque nunca se planteó utilizarla en proyecto creativo alguno. Se dedicaba a la hostelería, era el dueño de un bar que le daba para vivir holgadamente, pues estaba situado en el paseo marítimo de aquella populosa ciudad de provincias cuyo mayor atractivo consistía en la mansa belleza del mar perdiéndose en el horizonte. Él realizaba la ardua tarea de calmar el hambre y la sed de miles de turistas cada día. 

El hombre era sociable, enseguida trababa amistad con sus clientes, casi con cada uno de los que repitiesen estancia en su casa. Un día, hablando con un grupo de ellos, vio una colilla en el suelo de la terraza.
-Esa colilla… mira que les digo a los clientes que es mejor tirar los desperdicios al cenicero, pero no me hacen caso. El año pasado nos dieron un premio a la ciudad más limpia de la comunidad autónoma, pero este año no revalidaremos.
-Oh, no pierdas la esperanza, Anselmo, además, es sencillo, se recoge y listo –respondió uno de los clientes.
-Ya, lo malo es que no puedo estar todo el día mirando si el suelo de la terraza está impoluto o algún cliente lo deja hecho unos zorros. Es una cuestión de educación que no nos corresponde impartir a los hosteleros. ¡Oh, mirad! La colilla tiene marcas de carmín. 
-Creo que Anselmo ha puesto en marcha su máquina de imaginar. A ver qué nos cuenta.
-Pues… se trata de la colilla de una mujer. Una mujer sofisticada, maquillada y vestida con ropa cara, de mediana edad, pues el labio superior está operado. La mujer mira nerviosamente su reloj, parece estar esperando a alguien en la terraza. Pide un gin tonic y lo saborea a sorbos cortos. El hombre al que espera se le acerca. Se trata de un joven de unos veintipocos años, trajeado, pero con aspecto ligeramente desaliñado, un poco al estilo italiano. El joven se aproxima y la mujer apura el gin tonic. Da una última calada a su cigarro y lo tira.
-¿Y qué pasó?
-El hombre es un chico de compañía y la mujer su clienta. Ella se levanta sin mediar palabra, ambos se suben a un coche deportivo rojo de lujo, y se van inmediatamente. Se dirigen a casa de la mujer. Conduce el hombre.
-¿Nos vas a dar detalles de su encuentro?

-No, salvo que tras realizar el acto, fumar su cigarro de después y darse ambos un baño en su piscina con vistas al mar, él se irá. Pero algo terrible habrá sucedido.
-¿Y qué será?
-Al día siguiente, en la portada del periódico local destacaría esta noticia: “Encontrada muerta en su casa la actriz Lorenna McAndrew. Al parecer se ahogó en su piscina mientras se daba un baño debido a un corte de digestión, según los primeros indicios”. El hombre habría ahogado a la mujer tomándola por los hombros y sentándose sobre su pecho, para no dejar marcas de sus dedos. Y después habría vaciado su cartera y tomado un par de objetos de arte caros que hasta entonces allí se exhibían, como un pequeño cuadro de  Caillebotte y otro de Klimt que vendería en el mercado negro. Nadie descubriría la jugada nunca,  a no ser que hablase el camarero del bar en que se encontraron, que los vio irse juntos. A lo mejor tendría que “hablar a solas” con ese camarero.
-Joder, Anselmo, ¿todo esto por esa colilla que hay en el suelo?
-Tal vez se trate de mi deseo subconsciente de que todo el que no respete el entorno desaparezca.
-¡Qué imaginación tienes!

El hombre bajó la cabeza. Sus clientes no sabían la verdad. No se trataba de imaginación ni de inquietudes ecológicas, sino de potentes recuerdos y una conciencia sin limpiar. Había descrito una historia, la suya. Y de cómo inexplicablemente nunca le descubrieron, habían transcurrido ya más de veinticinco años de aquella aventura. Anselmo bajó la cabeza y, tras recoger la colilla se metió en la trastienda del bar. No podía olvidarse de su vieja profesión que tanto dinero le había proporcionado en la Costa Azul y que le había permitido abrir aquel negocio una vez de vuelta en su tierra. Y la posibilidad de conocer y gozar de las mujeres más bellas e inalcanzables para el común de los mortales. Pero aquello ya no eran más que recuerdos.
Malditos los años que le regalaron una solemne barriga y una calvicie sin pausa, obligado así a abandonar su dolce vita.


Tendría que extremar el cuidado, y nunca más sacar esa conversación. Podría perderlo todo si daba con el cliente adecuado. Tendría que vivir con eso, su propia espada de Damocles.

Y es que nada es para siempre. Ni siquiera los secretos.





El peso de la culpa de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons



jueves, 14 de julio de 2016

Asco de sí mismo




Asco de sí mismo


Las fiestas patronales habían vuelto tercamente, como cada año. La pequeña ciudad de provincias se preparaba para la sucesión de festejos que tendrían lugar a lo largo de siete días. El plato fuerte, como siempre, era la suelta de vaquillas, a la que era obligatorio acudir disfrazados. De hecho todo el mundo se disfrazaba, tanto los que corrían delante de los animales, como los que preferían ver el festejo sin más. Las vaquillas en realidad no eran tales, sino disfraces muy bien pertrechados con personas dentro que simulaban carreras, cogidas y faenas entre aficionados con muletas. Pero la simulación era tan perfecta que en la ciudad se congregaban miles de personas para ver pasar a los corredores y a las falsas terneras.

Los días pasaban entre verbenas, exposiciones, carreras de coches, festivales gastronómicos y chapuzones en la playa fluvial para alejar el habitual calor de agosto. Todo parecía ir bien, hasta que se produjo algo que se estaba extendiendo por toda la geografía mundial, y con la globalización había llegado a aquella pequeña ciudad de provincias.


Carrera de falsas vaquillas. Todos disfrazados. Todos. Todas. Se hizo la noche tras la carrera que transcurrió sin novedad, divertida, como siempre, y subida a la red y muchas veces compartida para solaz y sonrisa de cualquiera que viera esas imágenes. Los bares atestados, ninguno de sus parroquianos estaría en condiciones de coger el coche. Ni de razonar. Ni de pensar más que en satisfacer sus bajos instintos.
Eran seis. Tomaron a una chica también disfrazada que caminaba por una calle de un barrio periférico y que trataba de llegar a su casa, una travesía solitaria en aquel momento, pues coincidía con la hora en que todos estaban ya cenando aprovechando el parón de la orquesta para tal fin. La llevaron a empujones a un callejón. La toquetearon unos mientras otros la sujetaban para que no tratase de huir. Otro le ató su pañuelo rojo en la boca para que no gritase. Allí, en medio de aquella oscuridad y sobre el suelo sucio de todo tipo de basura abandonada de años, los seis desahogaron en ella sus bajos instintos, uno detrás de otro. Cuando terminaron discutieron sobre qué hacer con ella, si dejarla ir, o matarla para evitar la denuncia. La chica se encontraba exhausta, casi sin conocimiento, rebosando fluidos, temiendo un más que posible embarazo.

 El grupo decidió irse y dejarla vivir, porque como iban disfrazados, la joven no podría o no sabría identificarlos. Suponían que la joven estaba tan bebida y tal vez drogada como cada uno de ellos.
Cuando uno de los jóvenes llegó a casa al amanecer, extrañamente sobrio tras un desayuno fuerte antes de llegar a dormir, se encontró con un panorama que no esperaba. Su padre se encontraba abrazando a su madre, que lloraba desconsoladamente.
-Julio, te estábamos esperando, queríamos contártelo nosotros. A tu novia esta noche la atacó un grupo de seis hombres, han llamado sus padres por si tú sabías algo… La encontraron aquí cerca en un callejón, amordazada, y con signos de haber sido violentada –el padre tragó saliva, mientras los ojos se le anegaban de lágrimas.

-¡No puede ser! Ella ayer se fue con su peña de amigas. Qué horror. ¿Y cómo está?
-Nos íbamos al hospital, nos acaban de llamar hace como una hora. Si quieres venir con nosotros, ven.

A Julio se le erizó todo el pelo de su cuerpo. No podía ser. No podía ser ella. ¡Él había maltratado, vejado, golpeado y violado a aquella joven con especial saña! Decidió ir para asegurarse de que no se trataba de ella.
Pero sus temores se hicieron reales cuando la vio. El terror se apoderó de él. Era ella. El disfraz descansaba sobre una silla.
Fue lo último que hizo. Salió del hospital sin decir nada, llegando a un descampado que precedía a un espeso bosque, corriendo como un loco, gritando, llorando, maldiciendo su mala suerte, mientras un pensamiento le machacaba la cabeza: “Tendrás lo que te mereces, eres un degenerado, y has violado a tu chica”.
Encontraron su cuerpo balanceándose en un árbol, su cuello rodeado de una soga que le robó el último hálito, pues había destrozado a quien más quería, y no se sentía con fuerzas para dar la cara por una fechoría de semejante calibre. La muerte le pareció suficiente castigo. Pero para ella, desde que supo la verdad, pues la verdad se acaba sabiendo sobre todo en una pequeña ciudad de provincias, nunca sería suficiente, pues los recuerdos la atormentarían el resto de su vida. Hubiera preferido para él una cadena perpetua, para que tuviese tiempo de meditar y sufrir por el daño infligido, sabiendo que solo muerto abandonaría aquellas paredes. Eso podría haber compensado un poco, solo un poco, lo vivido aquella aciaga noche.


Moraleja:
Existen algunos “hombres” que son incapaces de aguantar la visión de una mujer sin tratar de violentar su libertad. Esos no son hombres. Los hombres de verdad tratan a las mujeres con respeto en todo momento y en todos los órdenes de la vida. Conocen y respetan el significado de la palabra NO. Los demás son, sencillamente, basura. El típico macho hipócrita que mataría por defender a su madre y hermanas, pero que no tiene reparos en destrozarle la vida a cualquier otra mujer. Trogloditas a los que les tiemblan las carnes porque peligra su estatus presunta y falsamente superior. Críos con mucho músculo pero poco cerebro.
Un día, la mujer despertará. Y ninguno más se atreverá a robarle la dignidad.


Dedicado a nosotras, potenciales víctimas.




Asco de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons





 

jueves, 7 de julio de 2016

La ilusión se llama Salvador





La ilusión se llama Salvador


En alguna capital populosa de la Tierra
2022


La abuela, una mujer todavía de aspecto joven y bien parecida, salió del colegio del niño, de tener una reunión con la tutora del chaval, que cursaba el primer año de primaria. Salvi era un niño bueno, aunque en el colegio a veces protagonizaba algunas travesuras, no más ni menos que otros niños, pero aquel día le tocó a la abuela ir a hablar sobre cómo llevar bien las travesuras de los niños tan pequeños, educarlos en el orden y en la serenidad que se necesitan para que el aprendizaje sea completo, y que ciertas actitudes no se transformen en un aluvión de problemas pasado el tiempo. Pues bien, la última de Salvi fue poner pegamento de contacto en los borradores de la pizarra de clase, de tal forma que no se podían levantar una vez pegados.

La abuela llevaba al niño de la mano, camino de casa. Pararon en una tienda de helados y le compró uno, pero no se lo dio hasta llegar a casa, esperando a que merendase primero, y sentado, escuchase lo que la abuela quería decirle.
-Salvi, querido. Ya eres mayor, tienes casi seis años, y por tanto ha llegado la hora que sepas algunas cosas que nunca te contamos. Hoy fuiste travieso, y podías haber disgustado a tus papás. Y tus papás no se merecen eso. Ven, siéntate y escucha.
-Sí, abu. ¿No me reñirás?
-No, solo te contaré cosas que no sabes. Estate tranquilo. Verás. Desde que tus papás se conocieron, siempre quisieron tener un nene como tú.
-Y bueno, vine.
-No es tan sencillo. Ellos querían ser papás, pero no venías. Lo intentaron, el cielo bien lo sabe, pero no estabas en los planes de Dios o de quien tenga a bien controlar estas cosas. Cuando vieron que te retrasabas fueron al doctor.
-¿Para qué, abu?
-Para que ayudase a quedarse embarazada a tu mamá con algún tratamiento que la estimulase y así lograr que vinieses. Lo intentaron con ayuda del doctor muchas veces durante años. Una vez tu mamá se quedó embarazada tras uno de esos tratamientos.
-¿Y entonces llegué yo?

-Pues no. El embarazo ocurrió donde no debía y el niño no maduró, lo perdió. Lloraron mucho tus papás. Entonces, cuando comprendieron que por medios naturales no venías, pensaron en adoptar un nene sin papás para quererlo como si fuese suyo propio y para siempre.
-¡Ahora sí, entonces me eligieron a mí!
-No, cariño. Los papeles que pedían eran numerosos, las exigencias eran muchas, las fueron cumplimentando todas, pero el tiempo iba pasando, y aunque cumplían todos los requisitos exigidos para ser papás adoptivos, no había noticias de la adopción, por lo que regresaron a ver al doctor, cada vez con menos esperanzas. Lo intentaron una y otra vez. Lloraron, sufrieron mucho, pero nunca tiraron la toalla. Para ellos eres un niño muy deseado, una bendición. Un día, y cuando menos nadie lo esperaba tras otros tratamientos fallidos, entonces ocurrió.
-¿Ya vine? ¿Tampoco?

-Si, cariño, viniste por fin, mes y medio antes de tiempo. Los dos, tanto tu mamá como tú estuvisteis en peligro, pero al final llegaste y no lo podíamos creer. En realidad eres el producto de un milagro, trajiste la alegría a casa de tus papás y de la mía. Tantos años, tantas lágrimas, mi niña qué mal lo pasó… pero estás aquí, querido nieto. Y por todo lo que te aman tus papás y toda la familia tienes que ser bueno y no hacer llorar a tu mamá por tu mal comportamiento.
El niño se quedó pensativo, y después dio un buen tiento al helado. Entonces abrieron la puerta. Era mamá.
-¡Ya llegaste de trabajar, mami! La abuela fue al colegio a buscarme y a hablar con la profesora.
-¿Sí, cariño? ¿Cómo fue la reunión, mamá? –preguntó la mamá a la abuela mientras abrazaba a su hijo.


-Bien, una travesura, nada más. Pero Salvi es un niño bueno y a partir de ahora lo va a ser todavía más. Porque tú no quieres que mamá llore, ¿no es eso?
-No, mamá. Te prometo que voy a ser bueno siempre. Ya lloraste mucho porque yo no venía, y ahora que llegué no es justo que te siga haciendo llorar. Mamá…
-¿Qué, tesoro?
-¿Antes de nacer yo me buscabas tanto que llorabas porque no venía?
-Lloré, pataleé, negué con la cabeza, me enfadé con la vida –le dijo en cuclillas tomando su carita entre las manos-. Pero hubo una cosa que nunca hice.
-¿Y qué fue?
-Perder la esperanza y la ilusión. Por eso viniste finalmente. Años antes de que nacieras, ya te queríamos con locura. Eres un sueño cumplido.
-Yo también os quiero mucho mamá –dijo el niño abrazándose a ella tiernamente-. Y te prometo que voy a ser bueno. No quiero que lloréis más por mí. No sería justo.
La abuela guiñó un ojo a la mamá, que sonrió mientras seguía abrazando a su querido niño, que tanto había demorado su llegada.
Y es que en aquella familia la esperanza y la ilusión tenían un nombre: Salvador.


Dedicado a ti, querida Líber, y a tu muy amado nieto recién nacido y sobre todo al coraje y la determinación de sus padres, valientes y decididos hasta el final. La felicidad llegó por fin. Disfrutadla.





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miércoles, 29 de junio de 2016

La esperanza de un pueblo





 La esperanza de un pueblo




De niño fue criado entre algodones. Su madre, le dijeron, había muerto en su propio parto, y su padre, el rey, se hallaba inmerso en los problemas de su país, por lo que un grupo de educadores en todo tipo de materias lo llevaron a la edad adulta, casi sin referentes adultos en los que reflejarse.

Su educación se convirtió en asunto prioritario para el estado, pero, de tanto énfasis que pusieron en sus conocimientos, descuidaron otras  facetas, como el amor, la empatía, la simpatía. 

El joven era un ser arisco, antipático, y no sentía ninguna pena por las personas que no tenían apenas para comer. 

Su país era uno de los más pobres del mundo, pero oropeles y honores nunca faltaron en aquella corte.

Por fin, un día se produjo lo que tanto había esperado: la muerte de su padre y su posterior coronación como nuevo rey de aquel lejano país. Las campanas expresaron su alegría en todos los templos sonando sin parar, las gentes mostraban un semblante esperanzado, creían que el nuevo rey se preocuparía por las personas que lo estaban pasando mal, pues hacía poco que habían superado una epidemia que había sumido al pueblo en la muerte y la desolación. Pero… no sabían lo equivocadas que estaban.


Una época de terror se extendió por el reino en apenas unos meses tras la coronación. Las denuncias falsas entre vecinos con el solo propósito de apropiarse de tierras y riquezas ajenas, proliferaron, y la justicia condenaba a muerte o a trabajos forzados a cualquiera que fuese denunciado, sin pruebas, por el solo valor de la sospecha. Promulgó leyes que aumentaban los impuestos hasta límites asfixiantes para el pueblo, se apropió del dinero recaudado sin pudor, y sin pudor mostraba su riqueza, haciendo ostentación de ella en cuanto tenía ocasión. Además prohibió a la gente quejarse de su situación de precariedad, su imagen podía deteriorarse en otros países, así que impuso la ley del silencio. La pillería, la corrupción y las mentiras se convirtieron en moneda corriente en aquel país.

Un día, durante una de las audiencias públicas que todavía se dignaba  a atender, se dio de bruces con un caso que no esperaba. La Guardia Real había detenido a una mujer que trataba por todos los medios de entrar en el Salón del Trono, todo forrado de láminas de oro auténtico. La detuvo cuando ya se encontraba justo enfrente del monarca.

Se trataba de una mujer vestida de negro de la cabeza a los pies, la saya larga, el mandil, la camisa y su pañuelo negro en la cabeza. Podría tener entre cincuenta y cinco y sesenta años.

-¡Majestad, necesito hablar con vos! –exclamó ella, echándose de bruces en el suelo, a los pies del rey.
-Levántate. Lleváosla. No quiero saber nada de las miserias ajenas. No son culpa mía y no puedo hacer nada por arreglarlas.
-¡Mi señor, sois injusto, el pueblo os teme y os odia, no pueden asumir vuestros impuestos, y mal veo que no vivís! –exclamó ella mientras la sacaban en volandas.
-¡Que la ajusticien ahora mismo! ¡No puedo permitir que alguien ose importunarme de esta manera!
-¡Mala fortuna y breve reinado auguro a quien es capaz sin escucharla de matar a su propia madre! –exclamó, lo que puso al joven los pelos de punta.
-¡Esperad! ¿Qué dices, anciana? ¿Mi madre tú? ¡Mi madre murió en el parto de mi nacimiento!
-No es verdad. Tu madre soy yo –aseguró ella tuteando al rey-, pero molestaba a tu padre, que prefería llenar su lecho de jovenzuelas que vivían solo para buscar su fortuna entre brazos reales. Soy la reina sin trono, aquella que fue desterrada solo por haber cometido la torpeza de seguir adelante con tu embarazo. Me lo debes todo. Puedo demostrarlo.

La anciana sacó de debajo de su saya un collar propio de la familia real, una rosa de oro que solo los familiares de los reyes poseían.

-Ah… no sé qué decir –dijo el rey, mientras bajaba el estrado donde se encontraba el trono en dirección a ella.
-Pues no digas nada. Actúa. Limpia el deshonor que mancha el prestigio de esta casa real. Comienza a gobernar para las personas, no solo para ti. Hay una conspiración en marcha para destronarte y matarte después. He venido a avisarte. Nada quiero. Nada para mí, pero sí para mis vecinos. Baja los impuestos, y lo que recaudes úsalo para beneficio de las personas. Estamos ya en el siglo XIX, y hay mejoras que puedes acometer en las ciudades y los pueblos de todo el país, alcantarillado, agua corriente en las casas, alumbrado nocturno para evitar los robos, violaciones y asesinatos durante las noches. Invierte en tu pueblo. Crea un sistema de salud para que todas las personas puedan curarse cuando lo necesiten. Reparte dinero periódicamente y a fondo perdido entre las personas mayores que ya no tienen fuerzas para seguir trabajando, y evitar así que se mueran de hambre. Abre escuelas para que la gente aprenda a leer y escribir, y aumente la cultura de todos, lo que beneficiará al país en su conjunto y ayudará a las personas a vivir mejor, pues podrán optar a mejores trabajos. Después todos te amarán y podrás subir los impuestos si lo deseas, porque la gente podrá pagarlos sin que resulte un problema para ellos. Si haces estas cosas, todas las demás monarquías te admirarán y hablarán bien de ti. Deja de mirar tanto a tu ombligo, y comienza a pensar en los demás a los que gobiernas. Eso te hará grande. Si lo haces la Historia te juzgará con magnanimidad, si omites mi consejo, ella misma te condenará, y no podrás hacer nada por impedirlo. Es ahora cuando puedes evitarlo, después será tarde. Ahora que ya te he dicho lo que venía a decirte, puedes ajusticiarme si lo deseas. No deseo vivir para ver cómo destruyes y dilapidas la herencia que graciosamente has recibido.
-No. No morirás. Llamad a las meninas, que se ocupen de ella. Que la bañen, la vistan y la alimenten. Luego que venga a mí, tenemos mucho de qué hablar.

Algo se le había revuelto en su interior cuando vio a aquella mujer que parecía una vieja pobre y desnutrida, pero en los ojos de la cual había visto su infancia robada, y esa enorme ternura que toda madre destila cuando tiene delante a su hijo mayor convertido en adulto, y además, en rey.

Y es que lo que una madre no consiga, nadie lo hará. Y el rey cambió. Dejó de llamarse rey, para pasar a ser primer ministro. Renunció a sus oropeles e hizo caso al consejo de aquella mujer. La vida del país mejoró, y el hombre fue admirado y aclamado por todos sus habitantes y por los gobernantes de otros países, que tomaron nota.

Lástima que esto solo sea un cuento. Algunos políticos deberían hacer más caso a su madre, a su corazón. Tal vez así quede esperanza para nosotros.






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