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jueves, 24 de noviembre de 2016

Hasta el último minuto




 
Hasta el último minuto





-Maruja, no te escucho nada bien –aseguró Rafael, mientras el arcaico teléfono hacía ruidos que impedían entenderse-. Te decía que he sabido por casualidad que tu nombre figura en una lista negra como si fueras una delincuente. No me gustó nada el asunto, corres peligro.

-Ya, las líneas están saturadas y se acoplan continuamente. No te preocupes por mí. Llamo para despedirme. Debo abandonar mi tierra, lo sé, tengo un contacto en el Ministerio del Interior que me ha avisado. Lo haré mañana temprano. Las maletas están preparadas para salir de urgencia. En realidad llevan hechas unos días, pues la situación se está agravando a ojos vista. Lo esperaba.
-¿A dónde irás?
-Creo que están preparando una ruta alternativa por los montes de Orense para salir hacia Portugal, pero no puedo darte más datos, es mejor que no sepas nada. No quiero pensar que pudieran estar escuchando esta conversación.
-No lo creo, tranquilízate, pero es mejor que no pierdas el tiempo. Sal de ahí cuanto antes. La guerra es ya un hecho imparable y las detenciones no es que sean inminentes, ya han comenzado.

-Me va a costar alejarme de mi tierra mientras los usurpadores del poder permanecen aquí destruyéndolo todo y a todos. No hay derecho.
-No dispones de más opciones si quieres librarte de la cárcel, están empezando a detener a todo el mundo que no responda o no se pliegue a sus postulados. Y en la cárcel no suelen estar mucho tiempo cuando se ratifica la tendencia a la izquierda de los sospechosos.
-Los asesinan. Ya. No quiero morir, amigo poeta. No todavía. Aun tengo mucho que pintar. Dime que todo va a ir bien, necesito oírlo.
-Todo irá bien, querida amiga, ánimo. Te espero aquí, en Nueva York. Podrás exponer. Yo me ocuparé de todo.

-Antes paso por Buenos Aires, se han llevado casi todos los cuadros ya para exponer allí, en realidad en este piso no quedan más que un par de sillas viejas y un camastro. Permaneceré allí unos meses y luego iré a verte. Ya charlaremos de esa exposición. No estaría mal.
-Ten mucho cuidado, Maruja. No quiero que tu talento se pierda por una mala caída o algún imprevisto.
-No te preocupes, seré cauta. Tengo que colgar. Salgo de aquí a pasar la noche en otro sitio, no quiero ser rastreada.
-Haces bien, buen viaje, cara amiga. Un abrazo. Te espero.
-Adiós querido, adiós, adiós.
Maruja y Rafael colgaron ambos al mismo tiempo. Cuidaban de esta amistad desde hacía demasiado tiempo para perderla por un cambio de régimen que ninguno de los dos aprobaba. Hay asuntos que valen más que eso. Él, afamado poeta que entonces no se encontraba demasiado bien ni de dinero ni de salud, lo que le llevaba a deprimirse con facilidad, de apellido Alberti. Y ella, una pintora reconocida en el mundo, pero desconocida en España, que apenas llenaría una pequeña reseña en los libros de historia, pero cuya obra fue muy valorada dentro del surrealismo. Su nombre: Maruja Mallo.
Se movía en el círculo de colegas como Picasso, Magritte, Miró… o poetas como Breton o Alberti, al que le unió una larga amistad. Triunfó en países como Francia, Argentina, Estados Unidos o Reino Unido. Aquí no olvidamos jamás nuestro carácter cainita hacia todo lo español, y más proviniendo de mujer y además de izquierdas, y no se le reconocieron sus méritos artísticos hasta muchos años después, poco antes de su muerte acaecida en 1995.
De justicia es revisitarla y traerla al presente. Va por ella.



Hasta el último minuto de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons  




viernes, 18 de noviembre de 2016

Coly Breeh





Coly Breeh




Se hizo de noche. La joven caminaba despacio, mirando hacia todos los lados, sentía el frío del anochecer y algunas miradas puestas en ella. Regresaba a casa tras un día de instituto agotador. Sabía que no estaba sola, en ese camino entre árboles nunca lo estaba. 

Las sombras se alargaban a medida que ella iba avanzando. Los árboles se estiraban para hacer que la penumbra se espesara, y así disuadir a otros de tomar aquel atajo. Graznidos, rugidos, ladridos, aullidos. Todo eso se oía. Y entre todo eso, un cri cri cri mezclado con llanto. Y entre ese llanto, más cri cri cri mezclado con graznidos, rugidos, ladridos, aullidos. La chica recorría todos los días ese mismo camino pues por él se ahorraba veinte minutos entre clase y casa. Sus amigas vivían en otros barrios de la ciudad, por lo que siempre hacía el mismo recorrido ella sola.
Un día los cri cri cri se convirtieron en suspiros. Mery, que así se llamaba la joven, se paró cuando los escuchó. Miró bien a su alrededor, pero no veía quién podía encontrarse allí aparte de ella misma. Echó a andar, pero los suspiros arreciaron. Entonces ella lo vio. Se trataba de un pequeño ser de sexo aparentemente femenino, de blanco y largo vestido, que no abultaba más que una salchicha pequeña. El ser se mantenía en el aire merced a unas pequeñas y transparentes alitas que se movían tan deprisa que resultaba imposible contar sus aleteos. 
 
-¿Qué eres? –preguntó la joven.
-Soy Coly Breeh, espíritu de las aves pequeñas. Cuido de ellas, las ayudo. Soy uno de los suyos –dijo suspirando.
-Hola Coly Breeh, yo me llamo Mery. ¿Eres un hada? No te haré daño, al contrario, me fascina verte. ¿Qué te pasa?
-Mi vestido… me he enganchado con esas ramas y se ha roto. Necesito uno nuevo, o mis compañeras no me reconocerán al regresar a casa al amanecer. Nos exigen ser cuidadosas con la ropa, pero yo soy tan despistada y patosa, que me van a abroncar. No me libraré.
-Bueno… tal vez yo pueda hacer algo. En casa tengo vestidos de muñecas con las que ya no juego, pero a ti te sentarían de maravilla. No los necesito. Si me sigues, te los daré.
-De acuerdo. Te seguiré, pero si veo humanos, me esconderé. Ellos no deben verme. Y tú no debes contar a nadie que me has visto. Ni siquiera para aumentar tu baja popularidad.
-¿Cómo sabes eso?
-Fácil. Todos los días vienes por aquí tú sola. Nunca te acompaña nadie. No tienes demasiados amigos.
-Es cierto. No soy muy sociable, y mis pocos amigos viven en la dirección opuesta. ¿Si yo te ayudo me ayudarás a mí a arreglar mi problema?
-Sí, pero vamos ya. Se hace muy tarde para ti.

Caminó sola, mientras el hada la seguía ocultándose entre hierbas y árboles, volando incansable. Llegaron a la casa. Su madre no se encontraba en ella en aquellos momentos. Mery entró y el hada la siguió hasta su cuarto. Allí abrió un armario de muñecas, lleno de ropa de todo tipo. Coly Breeh se mostró sorprendida y a la vez encantada con aquel espectáculo.
Sin embargo, la joven era humana y por ello crecía en ella el germen de la abyección. Su baja popularidad en el colegio había encendido en ella la llama de la maldad, la traición se instaló en su corazón. Decidió otro destino para el diminuto espíritu del bosque. Mientras veía al hada revoloteando entre los vestidos y escogía uno blanco de fiesta muy largo y amplio, la encerró en un tarro de conservas vacío. Cerró la tapa. Ya tenía argumentos para que todos le hicieran un poco de caso al día siguiente. El ser miraba a la joven desde dentro sin rebelarse, en realidad no lo necesitaba, solo pensaba en la pena que le daba la pobre chica. Sin embargo en el mundo natural la traición se paga cara.

Tratar de cazar un hada es imposible. Cuando al día siguiente la madre entró en la habitación de Mery para despertarla, ahogó un grito cuando vio lo que allí había sucedido. El armario de los vestidos de juguete se encontraba vacío, la habitación lucía revuelta, la ventana abierta de par en par con las cortinas volando al viento, y su hija dormía, pero su tamaño había disminuido hasta el del hada, que había huido con su botín.
Mery era la cazadora cazada. Y es que entre otros poderes, las hadas pueden ver las intenciones de los humanos y anteponerse a ellas. Y ella necesitaba aumentar su popularidad, lo que puso a Coly Breeh sobre aviso.


 Método inadecuado. Aviso a transeúntes de bosques y zonas solitarias: no molestes al espíritu del bosque, aunque él se muestre ante tus sorprendidos ojos.





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viernes, 11 de noviembre de 2016

En algún lugar del multiverso





En algún lugar del multiverso





Curioseaban mientras sus espíritus revoloteaban alrededor del candidato.
-Observa, Heinrich, mi trabajo está dando sus frutos; míralos, pobres diablos, que elevan al poder a uno de mis cachorros más entusiastas. Y los que vendrán después. Debo decir que siento una profunda emoción que hace tambalear mi psicopatía, casi siento empatía por mis valientes.

-Siempre te dije que bajar el nivel en los colegios era fundamental para conseguir nuestros fines, Adolf. Funciona a largo plazo, ya lo estamos viendo.
-Estamos de acuerdo. Pero míralos, cómo unos se llevan las manos a la cabeza, mientras otros disparan sus rifles al aire para celebrarlo. Todo me lo deben a mí, que he sido el compositor de la ideología que más está creciendo en el mundo.
-Aumenta a ojos vista, führer, es imparable.
-Sí. Es maravilloso, Heinrich. Los siguientes que nos glorificarán serán los franceses. Vámonos ahora, dejemos que se preparen para la gran guerra. Sin duda será la última.
Los espíritus abandonaron el salón del hotel neoyorquino donde se celebraba la victoria del candidato republicano.
Amenaza cumplida. No hay lugar al que huir ni sitio en el que esconderse. El reloj del fin echó a andar, tras años esperando su turno. Entonces regresaron las palabras del poeta:
“El futuro es incierto y el fin siempre está cerca”.

Pongo mi mano en el alma y cierro los ojos a este escenario infame.

Dormir, tal vez soñar con otra realidad libre del odio y la sinrazón.





 

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sábado, 5 de noviembre de 2016

Los caragachas





Los caragachas




Caragacha: Dícese de la postura que adoptan los individuos que miran sus dispositivos móviles aislándoles de la realidad. (De la unión y apócope  de “cara” y “agachada”).
La gente se agolpaba delante de la puerta de la casa. La mujer gritaba, lloraba, se desesperaba mientras la policía intentaba cumplir con su trabajo: echar de su casa a la mujer y a sus dos hijos pequeños, tan pequeños que ambos cabían debajo de un cesto. Y los de asuntos sociales también se encontraban allí, para llevarse a los niños con ellos a un centro de menores.
Todo comenzó cuando una crisis económica terrible había asolado la zona, de tal manera que si entraba un sueldo en una casa aunque fuera bajo, era motivo de felicidad, la justa para ir tirando. 
Sin embargo, a pesar de los problemas económicos que afectaban a todos, las tecnologías móviles se extendían cual virus por todo el planeta, y eso había traído mucho dolor a la sociedad, tanta, que la mujer vio irse a sus hijos y echó a correr tras el coche, pero, al comprender que los había perdido, decidió arrojarse por un una pasarela cercana. Nada se pudo hacer por ella. Pobre.
Un año antes, la mujer y su marido viajaban en moto por una de esas carreteras secundarias de la España profunda, cuando un coche pilotado por un joven distraído, chocó con ellos frontalmente. 
El marido falleció en el acto y la mujer fue ingresada con graves heridas, de las que tardó meses en recuperarse. Pero los problemas no habían hecho más que comenzar: la única entrada de dinero llegaba a través del trabajo de su marido, con el que ya no podría contar, y ella no encontraba nada desde hacía años. 
Como consecuencia de esa situación, la joven mujer y sus hijos habían dejado de pagar la hipoteca, y aquel día iban a desahuciarlos, y, de rebote, a perder la custodia de los pequeños. Su vida dejó de tener sentido, ni siquiera se planteó luchar por recuperarlos, pues su situación, sin familia ni amigos influyentes, la abocaba a una vida sin techo. 

El banco no podía esperar, qué penita dan los bancos, tan pobres ellos, que no pueden sobrevivir sin su puntual cuota mensual sacada del sudor ajeno, recibos hijos de la usura y el dolor, la privación y las ilusiones logradas a duras penas. La vida al día, al borde de la exclusión, sustento obtenido del lomo esclavizado en que se convirtió la vida del proletario.
En el juicio del accidente algo llamó la atención de los medios de comunicación estatales: el joven del coche iba interactuando con su móvil mientras conducía.
Los caragachas cuestan vidas por su adicción malsana y nunca admitida.
La ruina no de algunos, como de esta familia de ficción, sino de muchos y en la vida real, lágrimas tecnológicas, ojos ahogados en llanto.


Sois una terrible desgracia para la sociedad, hijos de la manipulación, la inmadurez y la impaciencia.


Dedicado al individuo (por no decir al gilipollas) que casi nos mata hace poco más de un mes cuando viajábamos en nuestra moto, mientras como típico caragacha iba mirando a su interesante y muy importante pantallita en vez de a la carretera en una vía comarcal, y que invadió nuestro carril a la salida de un cambio de rasante que terminaba en curva. Todavía me invaden sudores fríos, no de ficción, sino reales. Aquel día nacimos de nuevo. 


Desde entonces mi móvil se ha convertido en un mero instrumento de uso esporádico, no en un fin en sí mismo. Lo que debería ser. Y punto.
 
Nada es más importante que la vida.




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