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jueves, 21 de julio de 2016

El peso de la culpa




 El peso de la culpa


Él gozaba de una gran capacidad para erigir una historia de la nada, aunque nunca se planteó utilizarla en proyecto creativo alguno. Se dedicaba a la hostelería, era el dueño de un bar que le daba para vivir holgadamente, pues estaba situado en el paseo marítimo de aquella populosa ciudad de provincias cuyo mayor atractivo consistía en la mansa belleza del mar perdiéndose en el horizonte. Él realizaba la ardua tarea de calmar el hambre y la sed de miles de turistas cada día. 

El hombre era sociable, enseguida trababa amistad con sus clientes, casi con cada uno de los que repitiesen estancia en su casa. Un día, hablando con un grupo de ellos, vio una colilla en el suelo de la terraza.
-Esa colilla… mira que les digo a los clientes que es mejor tirar los desperdicios al cenicero, pero no me hacen caso. El año pasado nos dieron un premio a la ciudad más limpia de la comunidad autónoma, pero este año no revalidaremos.
-Oh, no pierdas la esperanza, Anselmo, además, es sencillo, se recoge y listo –respondió uno de los clientes.
-Ya, lo malo es que no puedo estar todo el día mirando si el suelo de la terraza está impoluto o algún cliente lo deja hecho unos zorros. Es una cuestión de educación que no nos corresponde impartir a los hosteleros. ¡Oh, mirad! La colilla tiene marcas de carmín. 
-Creo que Anselmo ha puesto en marcha su máquina de imaginar. A ver qué nos cuenta.
-Pues… se trata de la colilla de una mujer. Una mujer sofisticada, maquillada y vestida con ropa cara, de mediana edad, pues el labio superior está operado. La mujer mira nerviosamente su reloj, parece estar esperando a alguien en la terraza. Pide un gin tonic y lo saborea a sorbos cortos. El hombre al que espera se le acerca. Se trata de un joven de unos veintipocos años, trajeado, pero con aspecto ligeramente desaliñado, un poco al estilo italiano. El joven se aproxima y la mujer apura el gin tonic. Da una última calada a su cigarro y lo tira.
-¿Y qué pasó?
-El hombre es un chico de compañía y la mujer su clienta. Ella se levanta sin mediar palabra, ambos se suben a un coche deportivo rojo de lujo, y se van inmediatamente. Se dirigen a casa de la mujer. Conduce el hombre.
-¿Nos vas a dar detalles de su encuentro?

-No, salvo que tras realizar el acto, fumar su cigarro de después y darse ambos un baño en su piscina con vistas al mar, él se irá. Pero algo terrible habrá sucedido.
-¿Y qué será?
-Al día siguiente, en la portada del periódico local destacaría esta noticia: “Encontrada muerta en su casa la actriz Lorenna McAndrew. Al parecer se ahogó en su piscina mientras se daba un baño debido a un corte de digestión, según los primeros indicios”. El hombre habría ahogado a la mujer tomándola por los hombros y sentándose sobre su pecho, para no dejar marcas de sus dedos. Y después habría vaciado su cartera y tomado un par de objetos de arte caros que hasta entonces allí se exhibían, como un pequeño cuadro de  Caillebotte y otro de Klimt que vendería en el mercado negro. Nadie descubriría la jugada nunca,  a no ser que hablase el camarero del bar en que se encontraron, que los vio irse juntos. A lo mejor tendría que “hablar a solas” con ese camarero.
-Joder, Anselmo, ¿todo esto por esa colilla que hay en el suelo?
-Tal vez se trate de mi deseo subconsciente de que todo el que no respete el entorno desaparezca.
-¡Qué imaginación tienes!

El hombre bajó la cabeza. Sus clientes no sabían la verdad. No se trataba de imaginación ni de inquietudes ecológicas, sino de potentes recuerdos y una conciencia sin limpiar. Había descrito una historia, la suya. Y de cómo inexplicablemente nunca le descubrieron, habían transcurrido ya más de veinticinco años de aquella aventura. Anselmo bajó la cabeza y, tras recoger la colilla se metió en la trastienda del bar. No podía olvidarse de su vieja profesión que tanto dinero le había proporcionado en la Costa Azul y que le había permitido abrir aquel negocio una vez de vuelta en su tierra. Y la posibilidad de conocer y gozar de las mujeres más bellas e inalcanzables para el común de los mortales. Pero aquello ya no eran más que recuerdos.
Malditos los años que le regalaron una solemne barriga y una calvicie sin pausa, obligado así a abandonar su dolce vita.


Tendría que extremar el cuidado, y nunca más sacar esa conversación. Podría perderlo todo si daba con el cliente adecuado. Tendría que vivir con eso, su propia espada de Damocles.

Y es que nada es para siempre. Ni siquiera los secretos.





El peso de la culpa de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons



jueves, 14 de julio de 2016

Asco de sí mismo




Asco de sí mismo


Las fiestas patronales habían vuelto tercamente, como cada año. La pequeña ciudad de provincias se preparaba para la sucesión de festejos que tendrían lugar a lo largo de siete días. El plato fuerte, como siempre, era la suelta de vaquillas, a la que era obligatorio acudir disfrazados. De hecho todo el mundo se disfrazaba, tanto los que corrían delante de los animales, como los que preferían ver el festejo sin más. Las vaquillas en realidad no eran tales, sino disfraces muy bien pertrechados con personas dentro que simulaban carreras, cogidas y faenas entre aficionados con muletas. Pero la simulación era tan perfecta que en la ciudad se congregaban miles de personas para ver pasar a los corredores y a las falsas terneras.

Los días pasaban entre verbenas, exposiciones, carreras de coches, festivales gastronómicos y chapuzones en la playa fluvial para alejar el habitual calor de agosto. Todo parecía ir bien, hasta que se produjo algo que se estaba extendiendo por toda la geografía mundial, y con la globalización había llegado a aquella pequeña ciudad de provincias.


Carrera de falsas vaquillas. Todos disfrazados. Todos. Todas. Se hizo la noche tras la carrera que transcurrió sin novedad, divertida, como siempre, y subida a la red y muchas veces compartida para solaz y sonrisa de cualquiera que viera esas imágenes. Los bares atestados, ninguno de sus parroquianos estaría en condiciones de coger el coche. Ni de razonar. Ni de pensar más que en satisfacer sus bajos instintos.
Eran seis. Tomaron a una chica también disfrazada que caminaba por una calle de un barrio periférico y que trataba de llegar a su casa, una travesía solitaria en aquel momento, pues coincidía con la hora en que todos estaban ya cenando aprovechando el parón de la orquesta para tal fin. La llevaron a empujones a un callejón. La toquetearon unos mientras otros la sujetaban para que no tratase de huir. Otro le ató su pañuelo rojo en la boca para que no gritase. Allí, en medio de aquella oscuridad y sobre el suelo sucio de todo tipo de basura abandonada de años, los seis desahogaron en ella sus bajos instintos, uno detrás de otro. Cuando terminaron discutieron sobre qué hacer con ella, si dejarla ir, o matarla para evitar la denuncia. La chica se encontraba exhausta, casi sin conocimiento, rebosando fluidos, temiendo un más que posible embarazo.

 El grupo decidió irse y dejarla vivir, porque como iban disfrazados, la joven no podría o no sabría identificarlos. Suponían que la joven estaba tan bebida y tal vez drogada como cada uno de ellos.
Cuando uno de los jóvenes llegó a casa al amanecer, extrañamente sobrio tras un desayuno fuerte antes de llegar a dormir, se encontró con un panorama que no esperaba. Su padre se encontraba abrazando a su madre, que lloraba desconsoladamente.
-Julio, te estábamos esperando, queríamos contártelo nosotros. A tu novia esta noche la atacó un grupo de seis hombres, han llamado sus padres por si tú sabías algo… La encontraron aquí cerca en un callejón, amordazada, y con signos de haber sido violentada –el padre tragó saliva, mientras los ojos se le anegaban de lágrimas.

-¡No puede ser! Ella ayer se fue con su peña de amigas. Qué horror. ¿Y cómo está?
-Nos íbamos al hospital, nos acaban de llamar hace como una hora. Si quieres venir con nosotros, ven.

A Julio se le erizó todo el pelo de su cuerpo. No podía ser. No podía ser ella. ¡Él había maltratado, vejado, golpeado y violado a aquella joven con especial saña! Decidió ir para asegurarse de que no se trataba de ella.
Pero sus temores se hicieron reales cuando la vio. El terror se apoderó de él. Era ella. El disfraz descansaba sobre una silla.
Fue lo último que hizo. Salió del hospital sin decir nada, llegando a un descampado que precedía a un espeso bosque, corriendo como un loco, gritando, llorando, maldiciendo su mala suerte, mientras un pensamiento le machacaba la cabeza: “Tendrás lo que te mereces, eres un degenerado, y has violado a tu chica”.
Encontraron su cuerpo balanceándose en un árbol, su cuello rodeado de una soga que le robó el último hálito, pues había destrozado a quien más quería, y no se sentía con fuerzas para dar la cara por una fechoría de semejante calibre. La muerte le pareció suficiente castigo. Pero para ella, desde que supo la verdad, pues la verdad se acaba sabiendo sobre todo en una pequeña ciudad de provincias, nunca sería suficiente, pues los recuerdos la atormentarían el resto de su vida. Hubiera preferido para él una cadena perpetua, para que tuviese tiempo de meditar y sufrir por el daño infligido, sabiendo que solo muerto abandonaría aquellas paredes. Eso podría haber compensado un poco, solo un poco, lo vivido aquella aciaga noche.


Moraleja:
Existen algunos “hombres” que son incapaces de aguantar la visión de una mujer sin tratar de violentar su libertad. Esos no son hombres. Los hombres de verdad tratan a las mujeres con respeto en todo momento y en todos los órdenes de la vida. Conocen y respetan el significado de la palabra NO. Los demás son, sencillamente, basura. El típico macho hipócrita que mataría por defender a su madre y hermanas, pero que no tiene reparos en destrozarle la vida a cualquier otra mujer. Trogloditas a los que les tiemblan las carnes porque peligra su estatus presunta y falsamente superior. Críos con mucho músculo pero poco cerebro.
Un día, la mujer despertará. Y ninguno más se atreverá a robarle la dignidad.


Dedicado a nosotras, potenciales víctimas.




Asco de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons





 

jueves, 7 de julio de 2016

La ilusión se llama Salvador





La ilusión se llama Salvador


En alguna capital populosa de la Tierra
2022


La abuela, una mujer todavía de aspecto joven y bien parecida, salió del colegio del niño, de tener una reunión con la tutora del chaval, que cursaba el primer año de primaria. Salvi era un niño bueno, aunque en el colegio a veces protagonizaba algunas travesuras, no más ni menos que otros niños, pero aquel día le tocó a la abuela ir a hablar sobre cómo llevar bien las travesuras de los niños tan pequeños, educarlos en el orden y en la serenidad que se necesitan para que el aprendizaje sea completo, y que ciertas actitudes no se transformen en un aluvión de problemas pasado el tiempo. Pues bien, la última de Salvi fue poner pegamento de contacto en los borradores de la pizarra de clase, de tal forma que no se podían levantar una vez pegados.

La abuela llevaba al niño de la mano, camino de casa. Pararon en una tienda de helados y le compró uno, pero no se lo dio hasta llegar a casa, esperando a que merendase primero, y sentado, escuchase lo que la abuela quería decirle.
-Salvi, querido. Ya eres mayor, tienes casi seis años, y por tanto ha llegado la hora que sepas algunas cosas que nunca te contamos. Hoy fuiste travieso, y podías haber disgustado a tus papás. Y tus papás no se merecen eso. Ven, siéntate y escucha.
-Sí, abu. ¿No me reñirás?
-No, solo te contaré cosas que no sabes. Estate tranquilo. Verás. Desde que tus papás se conocieron, siempre quisieron tener un nene como tú.
-Y bueno, vine.
-No es tan sencillo. Ellos querían ser papás, pero no venías. Lo intentaron, el cielo bien lo sabe, pero no estabas en los planes de Dios o de quien tenga a bien controlar estas cosas. Cuando vieron que te retrasabas fueron al doctor.
-¿Para qué, abu?
-Para que ayudase a quedarse embarazada a tu mamá con algún tratamiento que la estimulase y así lograr que vinieses. Lo intentaron con ayuda del doctor muchas veces durante años. Una vez tu mamá se quedó embarazada tras uno de esos tratamientos.
-¿Y entonces llegué yo?

-Pues no. El embarazo ocurrió donde no debía y el niño no maduró, lo perdió. Lloraron mucho tus papás. Entonces, cuando comprendieron que por medios naturales no venías, pensaron en adoptar un nene sin papás para quererlo como si fuese suyo propio y para siempre.
-¡Ahora sí, entonces me eligieron a mí!
-No, cariño. Los papeles que pedían eran numerosos, las exigencias eran muchas, las fueron cumplimentando todas, pero el tiempo iba pasando, y aunque cumplían todos los requisitos exigidos para ser papás adoptivos, no había noticias de la adopción, por lo que regresaron a ver al doctor, cada vez con menos esperanzas. Lo intentaron una y otra vez. Lloraron, sufrieron mucho, pero nunca tiraron la toalla. Para ellos eres un niño muy deseado, una bendición. Un día, y cuando menos nadie lo esperaba tras otros tratamientos fallidos, entonces ocurrió.
-¿Ya vine? ¿Tampoco?

-Si, cariño, viniste por fin, mes y medio antes de tiempo. Los dos, tanto tu mamá como tú estuvisteis en peligro, pero al final llegaste y no lo podíamos creer. En realidad eres el producto de un milagro, trajiste la alegría a casa de tus papás y de la mía. Tantos años, tantas lágrimas, mi niña qué mal lo pasó… pero estás aquí, querido nieto. Y por todo lo que te aman tus papás y toda la familia tienes que ser bueno y no hacer llorar a tu mamá por tu mal comportamiento.
El niño se quedó pensativo, y después dio un buen tiento al helado. Entonces abrieron la puerta. Era mamá.
-¡Ya llegaste de trabajar, mami! La abuela fue al colegio a buscarme y a hablar con la profesora.
-¿Sí, cariño? ¿Cómo fue la reunión, mamá? –preguntó la mamá a la abuela mientras abrazaba a su hijo.


-Bien, una travesura, nada más. Pero Salvi es un niño bueno y a partir de ahora lo va a ser todavía más. Porque tú no quieres que mamá llore, ¿no es eso?
-No, mamá. Te prometo que voy a ser bueno siempre. Ya lloraste mucho porque yo no venía, y ahora que llegué no es justo que te siga haciendo llorar. Mamá…
-¿Qué, tesoro?
-¿Antes de nacer yo me buscabas tanto que llorabas porque no venía?
-Lloré, pataleé, negué con la cabeza, me enfadé con la vida –le dijo en cuclillas tomando su carita entre las manos-. Pero hubo una cosa que nunca hice.
-¿Y qué fue?
-Perder la esperanza y la ilusión. Por eso viniste finalmente. Años antes de que nacieras, ya te queríamos con locura. Eres un sueño cumplido.
-Yo también os quiero mucho mamá –dijo el niño abrazándose a ella tiernamente-. Y te prometo que voy a ser bueno. No quiero que lloréis más por mí. No sería justo.
La abuela guiñó un ojo a la mamá, que sonrió mientras seguía abrazando a su querido niño, que tanto había demorado su llegada.
Y es que en aquella familia la esperanza y la ilusión tenían un nombre: Salvador.


Dedicado a ti, querida Líber, y a tu muy amado nieto recién nacido y sobre todo al coraje y la determinación de sus padres, valientes y decididos hasta el final. La felicidad llegó por fin. Disfrutadla.





La ilusión se llama Salvador de Susana Villar está subjecta a una licència de Reconoixement 4.0 Internacional de Creative Commons