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jueves, 13 de octubre de 2016

Lo que más duele




Lo que más duele






El agobiante ruido cesó. Me había asustado durante mi estancia en aquel lugar oscuro, al que había llegado sin saber cómo. Recordaba un último paseo por el centro comercial antes de salir y tomar aquel atajo hasta el coche. Vi gente que iba y venía absorto en la vorágine consumista de los fines de semana. Después y de repente, nada más, despierto en este sitio que no sé identificar.

Tengo dolores por todo el cuerpo. Estoy tirado en una camilla blanca, atado y amordazado, siento una presión en mi miembro viril que me desagrada, y lo que veo por los alrededores no tranquiliza a mi atribulado espíritu. Se trata de una sala muy grande, no veo el final, que debe estar situada en una nave industrial, pues los techos se elevan muy por encima de lo habitual en casas normales. Las paredes están cubiertas de un alicatado formado por un solo azulejo blanco que se pierde en la lejanía de unas paredes que parecen no tener fin. El suelo es de un material parecido a la cerámica, del mismo blanco impoluto. Lo que llama la atención es la blancura deslumbrante y la rigurosa limpieza que allí se percibe. No hay nada más que la camilla en la que reposo. Ni otro mobiliario, ni ventanas, nada. Solo una gran campana extractora se abre en el techo justo encima de mí.
 
Unas cámaras situadas en cada esquina apuntan hacia mí. Pero hay algo curioso, apuntan hacia mi estómago del que salen unos electrodos conectados por largos cables, los cuales penetran en la pared y se pierden por ella hasta un lugar en el que pasa algo que yo desconozco.


Una de las pantallas que cuelga de una de las esquinas superiores del techo se enciende de repente.

-Buenos días, querido espécimen. No se asuste. Está aquí porque necesitamos gente como usted para conocerla mejor. Nuestra intención es solo científica. Le estudiaremos y luego le devolveremos al lugar del que le tomamos.

Así que, es eso. Soy un espécimen. Me han abducido, pero ¿quiénes? ¿Extraterrestres? Lo dudo. Mi mentalidad materialista niega tal opción. Eso reduce las posibilidades a muy pocas: solo la inteligencia de algún país querría investigarme. No lo entiendo, solo soy entrenador de gimnasio en el que me paso la vida intentando ayudar a que los demás consigan sus metas.

-Espécimen 345F, no piense -dice la pantalla sin rostro-. No trate de contestar a la pregunta que todos se hacen al llegar aquí, o su curiosidad le perderá. Está aquí solo por azar, por su complexión física tan entrenada y su estómago vacío. Nuestros contactos lo vieron y consideraron que es perfecto para realizarle estas pruebas. Nada más.
-Tengo un hambre voraz –dije-, y ganas de ir al lavabo.
-Hágaselo encima, tiene puesta una sonda en su miembro que le ayudará a aliviar esos síntomas. Por los otros no se preocupe, durante su etapa de sueño le pusimos varios enemas que han dejado su intestino limpio.
-¿Mi etapa de sueño? ¿Cuánto tiempo he dormido?
-Dos meses y tres semanas. Le queda una y esta prueba terminará.
-Me… duele el estómago. Me duele mucho. Llevo notándolo desde que desperté aquí.
-Magnífico. Queremos saber hasta dónde puede llegar.
-¿De saber hasta dónde puedo llegar en qué aspecto? ¡Qué dolor, por favor!

-Saber qué ocurre exactamente en un humano adulto que no come. Cuánto tiempo puede estar sin ingerir nada, las molestias que eso causa y así aplicar los sustitutivos que hemos preparado para terminar con los síntomas.
-¡Para terminar con los síntomas dame para comer un buen botillo del Bierzo y verá lo que es reponer fuerzas!
-No conozco ese alimento del que habla. Lo investigaremos. Ahora mismo está usted pasando por la autodigestión, por eso le duele el estómago, porque se está autodigiriendo. Las cámaras no se pierden detalle de su interior para ver la evolución de esa autodigestión.
-¡Pero entonces moriré y con terribles dolores!
-Para eso estamos aquí, para ponerlo en el brete de morir, y nosotros evitarlo. Nuestro supersuero revitalizante lo hará. Le salvará la vida y luego las pruebas seguirán.
-¡No! ¡Me niego a pasar por esto! ¡Déjeme ir ya! ¡En cuanto salga de aquí les denunciaré!
-No nos detendrán, pues no hay un lugar en el que diga que estuvo. Esto no es una nave industrial como su mente cree. Es una nave sin más.


Pierdo el conocimiento. En realidad durante esa conversación, mi consciencia va y viene, supongo que el déficit de nutrientes me está afectando ya. El dolor es ya insoportable, me retuerzo atado a la camilla. El blanco que me rodea me deslumbra y solo estoy a gusto con los ojos cerrados, comiéndome los terribles dolores que emanan de mi propio interior. Cuando los retortijones se volvieron continuos, la voz de la pantalla regresó.

-Querido espécimen: ¿Volverás a decir a alguna humana que lo mejor para adelgazar es dejar de comer? (¿Cómo podían saber eso si había formado parte de conversaciones privadas con personas a las que ayudo  a diario en mi gimnasio?)
-Nnnnnoooo… noooooo… qué dolor, por favor…
-¿Y vender porquerías a muchachos que quieren ver crecer sus músculos sin esfuerzo?

Empiezo a comprender. Aunque parezca una locura, una nave extraterrestre que sigue mis conversaciones privadas en el gimnasio trata de darme una lección.

-Lo he entendido… paren esto, por favor… estoy muy mal…
-Silvia era una joven muy bella que murió de anorexia por tus malos consejos. Manuel ha tenido que ingresar en una institución para superar su vigorexia adquirida en tu gimnasio. A Lucía le cambió el metabolismo en tu negocio por seguir tus dietas milagrosas, y ahora está a la espera de hacerse una seria cirugía para superar su obesidad mórbida, Alex murió a los treinta y ocho años por tomar los complementos y otras cosas que vendes… ¿quieres que siga? Has fastidiado la vida de muchas personas, ahora te toca a ti pasar por cada uno de tus consejos.


Así que es eso. No me escogieron al azar, sino que sabían a quien elegían. Me van a hacer pasar por cada una de mis recomendaciones en el gimnasio. Si recomendé no comer, ahora lo sufro. Si vendí suplementos y otros productos de ese tipo a chavales para hacer crecer el músculo sin dar golpe, me los van a administrar aquí, y junto con mis dietas harán que las carnes lleguen a rezumar de la camilla… Como poco, y si consigo salir de aquí, mi metabolismo habrá cambiado para siempre.

-Tiene razón –dice el hombre de la pantalla que parece leerme el pensamiento-. Su obesidad mórbida le acompañará el resto de su corta vida, porque aunque usted vende ideas de superación y fuerza de voluntad, en realidad carece de todo eso, no posee determinación, ni lucha por nada, ni siquiera por usted mismo. Es usted un ser superficial que solo piensa en sacar provecho sexual de su buen aspecto, un ser prescindible, que no aporta nada bueno a su sociedad. La próxima vez que se permita dar consejos a alguien, piense primero si lo que recomienda lo aplicaría en sí mismo. ¡Qué! ¿Cómo van esos dolores, querido anoréxico?

Entiendo el mensaje. Me dejo llevar por la situación mientras el dolor me engulle, aunque el que de verdad duele no es tanto el estómago como la conciencia.  Cierro los ojos esperando que en algún momento esta pesadilla termine.



Después de esto nunca más podré regresar a mi trabajo en el gimnasio, y más si salgo de aquí sufriendo obesidad mórbida. Cuando aconsejaba mal a propósito sabía que jugaba con fuego, pero no calculaba lo que me sucedería para comprenderlo.



Y lo peor, nunca podré contar a nadie qué me impulsó a dejar el negocio. Dirían que estoy loco. A lo mejor tienen razón.







Lo que más duele de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons




 

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