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martes, 24 de noviembre de 2015

Sclerotic Reflections



Sclerotic Reflections


Vivían en un revoltijo, dando vueltas, nadando, mezclándose entre ellas, sin más oficio que el comadreo, pues no sentían hambre, sed, cansancio, dolor, calor o frío. Su vida transcurría como en una centrifugadora, y, como tampoco tenían nada mejor que hacer, al encontrarse en uno de sus múltiples giros al habitáculo donde se encontraban, ellas hablaban.
-Dicen que a todas nos llega la hora de irnos.
-¿Y no quedará nada de nosotras?
-Nada. En cuanto se produzca la marcha, no habrá vuelta atrás.
-¿Y por qué pasa eso? –preguntó una de ellas con cara de mareo.
-Porque a veces la persona tiene catarro, o está triste. Para eso estamos nosotras, para dar lustre a ese dolor o esa congestión.
-Yo casi prefiero irme por causa del catarro, no me gusta la tristeza. Soy positiva. Y… ¿sabéis cómo es el otro mundo?
-¿El mundo exterior? No. Nadie ha vuelto para contarlo. Me temo que no hay forma de saberlo. Dicen que hay mucha luz, más que aquí, una vez pude ver algo, una línea, como un resplandor en aquella dirección –señaló con el dedo hacia su izquierda-, pero no podría decir nada más.
-¿Y qué te pasó entonces para ver algo? Desde aquí no se distingue nada especial.
-Pues… oí la llamada junto con otras compañeras y nos pusimos en marcha hacia nuestro final. Sin embargo, cuando me tocaba salir algo pasó. La señal cesó, pero me dio tiempo a ver esa fina línea de luz.
-¿Y cómo era? ¿Cómo la luz que hay aquí?
-No… era resplandeciente, cálida, casi molestaba. En realidad era bellísima. Duró poco, de repente dejé de verla y regresé. Nunca podré olvidarla. Nuestro paraíso después de la muerte debe de ser algo parecido.
-¡Soldados! ¡Firmes! –dijo una voz desde el techo de la estancia-. Prepárense la primera línea. Hay aviso de shock. ¡Pelotón! ¡A su izquierda! ¡Ar! ¡Marchen!
Todas formaron raudas a la primera señal, pues llevaban toda la vida esperando el momento cumbre de sus vidas, el de su final, el sentido para el que habían sido creadas. Marcharon hacia su izquierda sin variar su dirección aunque caminaban casi a oscuras, emocionadas, en silencio absoluto. De repente sintieron unas ligeras sacudidas, se notaba que la persona se encontraba en una situación difícil. El grupo se estrechó y la fila pasó a ser de a dos. Poco a poco cada pareja de formación se iba tirando de la mano como en un tobogán, en cuanto recibían la señal de hacerlo. Y al cumplir la orden de arriba, la luz se hacía de repente ante ellas, una luz total, que lo abarcaba todo. Todas se quedaron boquiabiertas al ver el panorama que ante ellas se extendía: el mundo.
La mujer se encontraba ante una pequeña montaña de flores y velas encendidas apoyadas alrededor de una fuente. Había miles de personas que hacían lo mismo. Sollozaban por París.
Los ojos de la mujer se abrieron de improviso: las lágrimas saltaron de sus ojos y resbalaron hacia una de las velas cuya luz parpadeaba en el suelo junto con otras miles.
Habían dado su vida para ayudar a la mujer a desahogar su dolor. Y su nueva existencia transcurriría rauda, apenas dos segundos hasta caer al suelo o en algún otro sitio. Sólo que ellas no lo sabían, no sabían qué había sucedido en aquel lugar. Sólo sabían que el sentido de su vida era aquel deslizamiento, y para ello habían entrenado en la escuela que había constituido su anterior vida.
Pero todas ellas disfrutarían de aquella visión, aquellos aromas, aquellos sonidos, el tacto cálido de aquella piel. Su brevedad les merecía la pena, porque se llevaban la visión de un mundo inesperado y breve.
Siempre me pregunté de qué hablarían las lágrimas.



 

 Sclerotic Reflections de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons
 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Lucecitas verdes sobre las copas de los árboles




LUCECITAS VERDES 
SOBRE LAS COPAS DE LOS ÁRBOLES



Unos cuantos subíamos por la pared desvencijada de un edificio casi en ruinas. Poníamos los pies encima de los salientes de madera de las toscas ventanas, no se me olvida, pintadas todas de verde, la pintura saltada, la sensación de que allí hacía tiempo que no vivía nadie. Tiestos con restos de plantas resecas, cables de televisión y teléfono inservibles, subíamos aquello sin pararnos a respirar, mirando hacia abajo y viendo que lo de abajo se encogía, mientras lo de arriba parecía no terminarse nunca.    


Al cabo de varias horas de escalar aquella fachada, llegamos a una azotea, y de ahí a la escalera, abrimos la puerta de la que resultó ser mi antigua casa. Un hombre abrió la ventana de la cocina. Delante de mi casa florecieron de la nada miles de plantas de todos los tamaños en frondoso bosque. Se hizo de noche mirándolo.

El hombre se puso de pie ante nuestra sorpresa. Se colocó delante de la ventana abierta, me miró y me hizo un gesto con la cabeza mirando hacia el vacío de la noche estrellada. Y acto seguido, se tiró. Pero no cayó al suelo, sino que salió planeando sobre los árboles del bosque, y  mientras lo hacía, miles de lucecitas verdes como fuegos de artificio salían de su vientre hacia todos los lados. Cuando llegó a la copa más alta del bosque, se paró, y me miró.


Entonces me tiré. Y me pasó lo mismo, planeé en dirección hacia los árboles y de mi vientre salían despedidas miles de chispitas verdes como fuegos de artificio que llamaban al cielo anochecido a un espectáculo improvisado. Sentí un calor muy agradable, y una inmensa felicidad en mi primer vuelo, en medio de luces de fiesta, de bocas abiertas, de comentarios de acera. Al diablo con todo.


Puedo volar. 


  



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