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jueves, 10 de septiembre de 2015

lady relatos: Dignitas dignitatis

Relato: Dignitas dignitatis


cuentos y relatos sobre la dignidad y la libertad
La familia malvivía en una casita humilde a las afueras del pueblo. La casa lucía desconchones, grietas, presentaba goteras cuando llovía, y una sobria lareira servía de cocina y calefacción en invierno. La familia estaba compuesta por una abuela muy desgastada por el sufrimiento, viuda desde hacía una década tras cuarenta y tantos años de feliz matrimonio, del cual sólo conservaba un nieto y una nieta. Los padres de los niños habían muerto, uno en un accidente de tractor durante sus labores en el campo seis años atrás, y la hija de la anciana se había dejado la vida en el parto de la hija menor, que tenía doce años; el niño tenía catorce. Los niños no iban al colegio, la abuela les enseñó a leer, a escribir y las cuatro reglas, pues en esa casa tan humilde había libros que habían heredado de su madre, y ellos constituían su mayor tesoro.
No tenían nada, se alumbraban con velas, recogían el agua de un manantial cercano, la tecnología no había llegado a aquel hogar. La mayor parte de los días casi no comían, estaban tan delgados que en el pueblo los llamaban Los Sombra. Sobrevivían de lo que recogían del campo, fruta, verduras que los amables campesinos les regalaban porque conocían las estrecheces que pasaban. Los niños habían aprendido a cazar conejos y pájaros que les alimentaban casi a diario, y con pocos años más aspiraban a aprender a cazar jabalíes. También pescaban truchas arco iris del río cercano, y cuando eso pasaba, aquella casa parecía una fiesta.
-Sí, abuela, cuando sea mayor cazaré jabalíes, así podremos curar su carne y comer todo el invierno. No pasaremos más hambre.
-¡Mi querido nieto! ¡Qué ideas tan grandes tienes! Pero no sé si llegaré a verlas, soy muy mayor ya, y siento que mis fuerzas se van agotando.
-¡Abuela, no digas esas cosas! Tienes que aguantar por nosotros. Este año, como ya somos mayores, vamos a preparar un pequeño huerto de hortalizas y árboles frutales aquí al lado y nosotros lo cuidaremos, así no tendremos que depender de la caridad ajena.
-¡Mis niños ya tienen proyectos de futuro!
-Sí, y te necesitamos con nosotros. Llegaremos todos los días muy cansados y necesitaremos a alguien que nos reciba con un abrazo, una manta y un plato caliente
  –dijo el niño.
-¡Contad conmigo, queridos míos!
Al día siguiente los niños se dirigieron al ayuntamiento del pueblo al que pertenecían  para hablar con el alcalde y contarle sus proyectos. Pero el alcalde no reaccionó como esperaban.
-La tierra que rodea la casa en que vivís no es vuestra, sino de la comunidad, por lo que, aunque lleva toda la vida baldía, si la cultiváis tendréis que entregar la mitad de lo que saquéis en beneficio de ésta.
-¿La mitad?
-Así es la ley. Pero no queremos vuestras lechugas, sino los rendimientos económicos que os proporcionen. Tendréis que vender vuestra producción en el mercado y entregarnos la mitad.
-Pero si nosotros sólo queremos trabajar esa tierra para comer lo que nos dé.
-No es posible. Ah, y por cierto, está prohibido cazar sin pagar un impuesto que vosotros no podéis costear, es sólo para la clase pudiente del pueblo. Y si pescáis, que sepáis que está prohibida la pesca con muerte. El pescado debe regresar siempre al agua. Además, vosotros tomáis el agua del manantial del Rebrazal. Ese manantial ha sido comprado por una empresa que embotella agua, así que tenéis que dejar de beber de allí.
-¡Pero usted está ahogando nuestras ansias de mejorar, de vivir dignamente!
-La ley es la ley.
-¡Pues esta ley es injusta, a medida de mandamases como usted!
-¡Chico, guarda esa lengua o llamo a las fuerzas de seguridad para que te encierren! Es más… esa casa en la que vivís ni siquiera os pertenece, porque no habéis pagado el impuesto sobre la herencia de vuestros padres. Esa casa pertenece al estado. Muy bien, tenéis una semana para desalojarla.
Los chicos salieron del consistorio llorando. No querían dar a su abuela el disgusto de tener que abandonar el muy humilde hogar a su edad, así que se dirigieron a la plaza del mercado del pueblo, se sentaron en el suelo con una pancarta que decía:
“NOS ECHAN DE NUESTRA CASA, NOS NIEGAN EL TRABAJO Y EL PAN. POR EL DERECHO A UNA VIDA DIGNA.”
La gente se paraba a mirarlos, y les echaban monedas, como si todo se arreglase de esa manera. Algunos se sumaron a sus reivindicaciones y se sentaron con ellos. Cuando llevaban varias horas allí, el mercado se encontraba lleno de gente sentada apoyando a los chicos.
Entonces el alcalde llamó a las fuerzas de seguridad del estado, que empezó a golpes con todos ellos, hasta que el grupo se dispersó y los hermanos fueron encerrados con los cargos de agitación social. Se les acusó de subversión, de rebeldía y de haber promovido disturbios en la plaza del pueblo. El mismo alcalde, que también era legislador y juez, les juzgó y les cayeron tres años de cárcel y una multa que jamás podrían pagar. Finalmente, la abuela fue desahuciada.
La anciana había sido acogida en casa de unos vecinos que se apiadaron de ella al verla sola, vagando sin hogar. Ayudaba en las tareas domésticas y siempre se sentaba en el porche para ver si por fin regresaban sus nietos de tan terrible encierro.
La ley había destrozado su vida y la de su familia.
Ellos, que sólo querían trabajar y vivir con dignidad.
Pero, cuando apenas llevaban en la cárcel del pueblo unos días, los vecinos se rebelaron contra la situación. No podían permitir que aquel cacique inmoral hundiera las ansias del pueblo de mejorar, y alguien desempolvó una guillotina que tenía guardada en el sótano de su casa desde tiempos inmemoriales. El pueblo detuvo al promotor del dolor de la ciudadanía y cortó por lo sano. Los vítores de todo el mundo llegaron a los oídos de los chicos que se asían a los barrotes atenazados por la depresión. Alguien abrió la portezuela, eran libres.
Entonces los chicos abandonaron la mazmorra del consistorio y sus sueños de progreso regresaron a sus atribuladas mentes. El reencuentro con su abuela constituyó una alegría indescriptible para todos, y el regreso a su casa, también. El pueblo había hablado y ya nunca ningún alcalde se atrevería a tratar a nadie de esa manera.
Ellos, que sólo querían trabajar y vivir con dignidad.



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Dignitas Dignitatis de Susana Villar està subjecta a una llicència de Reconeixement 4.0 Internacional de Creative Commons

2 comentarios:

  1. No mas que la realidad que están viviendo cantidad de gente hoy día.
    ¿Se acabará esto alguna vez????????

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  2. Bueno, está la opción de las urnas. Aquí no hubo 1789 y eso hace que nuestros políticos anden escasos de empatía... y de instinto de supervivencia. No lo sé, amiga, no sé si superaremos esto alguna vez, pero no debemos perder la esperanza. Un beso.

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